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¡Estrenamos blog! Y, por supuesto, no podía ser de otra manera que hablando de la base imprescindible para elaborar nuestros licores: el aguardiente.

En Europa, hacia el año 1100, se producían cantidades significativas de alcohol destilado en la escuela de medicina de Salerno (Italia), donde adquirió su reputación de medicamento valioso. Doscientos años después, el erudito catalán Arnau de Vilanova, llamó al principio activo del vino aqua vitae, “agua de vida”, una expresión que sigue viva en Escandinavia (aquavit), en Francia (eau de vie) y en Inglaterra: whisky es la versión anglófona de la palabra gaélica que significaba “agua de vida”, uisge beatha o usquebaugh, que era como los monjes irlandeses y escoceses llamaban a su cerveza de cebada destilada. 

En todo el Viejo Mundo, los alquimistas consideraban que el alcohol destilado era una sustancia con poderes únicos, la «quintaesencia» o quinto elemento, tan fundamental como la tierra, el agua, el aire y el fuego. El primer libro impreso dedicado a la destilación, el “Líber de arte distillandi” de Hieronymus Brunschwygk (1500), explicaba que el proceso logra “la separación de lo tosco y lo sutil, y de lo sutil y lo tosco, de lo rompible y destructible de lo indestructible, de lo material y lo inmaterial, para así hacer más espiritual el cuerpo, más agradable lo desagradable, para hacer lo espiritual más ligero a base de sutileza, para penetrar con sus virtudes ocultas e introducir en el cuerpo humano su función sanadora.”

A esta conexión entre la destilación y lo puro y etéreo se debe que en inglés se llame spirits (espíritus) a los alcoholes destilados.

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Bibliografía: «La cocina y los alimentos» de Harold McGee.